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“Ánimo a nuestra Chiquitania”

No hace casi 20 días se acaban de recordar los 33 años del crimen de Noel Kempff Mercado en la meseta de Caparuch. Pocos han evocado esta tragedia que provocó hace tres décadas un tsunami en las estructuras sociales de Santa Cruz.

Hay un corte en la historia cruceña por ese  septiembre. Un antes y un después. Tuvo que ocurrir el asesinato del admirado profesor para darnos cuenta del tenebroso avance de las mafias del narcotráfico en nuestra joven sociedad. Desde entonces nunca más los traficantes eluden aquí la condena social por el daño que hacen a la humanidad.

Los septiembres cruceños no parecen sólo ser de festejos, sino también de tsunamis sociales, casualmente con epicentros localizados en el mismo lugar. 33 años después del crimen de  Noel Kempff Mercado, en los alrededores del parque chiquitano  tenemos otro tsunami que remueve las estructuras del hervidero social y político que es en estas últimas semanas Santa Cruz. Cientos de jóvenes acuden desesperadamente a apagar los  incendios que devoran sin piedad el valioso bosque y la fauna chiquitana, vitales para la vida futura de la humanidad.

Miles de indignados descargan su bronca contra la clase dirigente por haber permitido el inaceptable desastre. Los más enojados han salido a las calles y otros han descargado una inédita interpelación a los poderes nacionales y locales, hundidos en una de sus peores crisis.  No será Santa Cruz la misma después de este desastre que golpea al corazón mismo de su génesis, la Chiquitania.

Ha tenido que repetirse ahora una tragedia ambiental no sólo para tomar conciencia y defender nuestros recursos naturales, sino para concentrar nuestras miradas en el patrimonio cultural que tenemos en el sudeste cruceño.

San Javier fue el primer pueblo chiquitano que conocí hace 20 años. Viajamos entonces atraídos por emprendimientos turísticos nacientes como las cabañas Totaitú, una deslumbrante novedad que pretendía aprovechar la riqueza natural y cultural de esa maravillosa zona. Un monumento a Germán Busch, Hugo Banzer y José María Velasco, los tres únicos presidentes de origen cruceño en la historia de Bolivia, destacan en el paso por el pueblo de San Ramón, por el que se entra a la inmensa región chiquitana.

Algunos feriados me han permitido luego disfrutar de la inolvidable iglesia de Concepción y la de San José de Chiquitos, edificaciones vivientes de las misiones jesuitas que trajeron el evangelio a la cuna de la cruceñidad. Más tarde una larga travesía hasta la frontera con Brasil me ha permitido tocar el cielo del paraíso con las vistas de San Ignacio de Velasco, Roboré, Chochis y Aguas Calientes. Hace cinco años el periodismo me permitió acompañar a Mario Vargas Llosa en su visita a las principales iglesias de las misiones jesuíticas. Ha sido la pluma del Nobel la que retrató con una exactitud magistral parte de este patrimonio cultural de la humanidad. “Las mujeres y los hombres de esta tierra no han perdido eso que se llama la identidad. Tienen vivo su idioma, sus danzas, sus atuendos; y sus costumbres y creencias han ido evolucionando de modo que pueden participar de las oportunidades de la vida moderna, sin dejar de ser lo que fueron, lo que siguen siendo en ese marco multicultural que son Bolivia y todos los pueblos andinos. Visitar la Chiquitania muestra a los visitantes que Beethoven y los taquiraris, o la silueta del jaguar y los arpegios de una cítara, pueden entenderse, coexistir y transubstanciarse”, escribe el Nobel.

Animo en estos tiempos de fuego y de tsunami septembrino a la rica tierra del soñado Dorado, que dio origen hace siglos a la fundación de Santa Cruz.

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