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¿Quién se baja? Nadie se baja

Al menos seis políticos, algunos de ellos del antiguo ciclo, aspiran a enfrentar como candidatos presidenciales al MAS, sin Evo Morales, que hará campaña desde Argentina, pese a su asilo y a las demandas judiciales que le abrieron tras escapar de Bolivia hace dos meses. Pueden ser más incluso los que se creen aptos para llegar a la Presidencia con el voto del 3 de mayo, aunque la mayoría no ha sido capaz siquiera de estructurar un partido y, menos aún, un programa de Gobierno.

No es la primera vez que ocurre tanta fragmentación. En las elecciones generales de 1985 hubo 18 candidatos, en las de 1980, 13, y en las tres realizadas en la década del 90 se presentaron 11, en cada una.

La inhabilitación de Evo Morales y de Álvaro García Linera, además de la crisis del MAS, parecen haber animado a  antiguos y a nuevos aspirantes a la Presidencia a disputarse el apoyo del electorado boliviano, en una democracia todavía muy frágil. Nadie puede impedir la aspiración legítima de cualquier ciudadano a ser elegido.

No obstante, el cambio de ciclo de Bolivia se debió al empuje de las poderosas movilizaciones ciudadanas callejeras de octubre y de noviembre, alentado por una profunda crisis de representatividad política. Nadie hubiese arriesgado y asumido tanto costo en las calles, como ocurrió tras el destape del fraude electoral, si el sistema político haya sido eficiente. El hecho de haber estado hace casi tres meses al borde de una guerra civil refleja un fracaso estrepitoso de los políticos bolivianos.

El tsunami cívico-ciudadano posterior al 20 de octubre fue tan fuerte que sacó del convulsionado escenario a los políticos y a los candidatos. Hasta el día en que Evo Morales dejó el poder, fueron los ciudadanos los grandes protagonistas de la acción política y los que han hecho nacer otra realidad. Es cierto que posteriormente se ha estructurado una etapa de transición liderada en forma combinada por políticos tradicionales y por nuevos actores sociales, como los cívicos y algunos representantes de organizaciones ciudadanas.

Se supone que el nuevo ciclo postevista se abrirá con el nuevo Gobierno que resulte elegido el 3 de mayo y debe reflejar el cambio de la realidad política que tenemos después del 12 de noviembre, cuando asumió Jeanine Añez.

El tsunami ciudadano-cívico de octubre y de noviembre no sólo debilitó, sino que probablemente enterró liderazgos nacionales y regionales que se mostraron timoratos durante esas traumáticas semanas de crisis.

Si no se leen adecuadamente esas consecuencias, los partidos o actores que aspiran a llegar al poder están condenados al fracaso. El escenario postevista es el resultado de una clara demanda y una intensa lucha ciudadana por la renovación del sistema y, lo que es más profundo aún, una fuerte demanda de cambio estructural de la forma de hacer política.

Una gran parte del país exige el final de los caudillismos  un compromiso firme de unidad nacional, pero, sobre todo, ideas más claras y creíbles del rumbo que debe tomar la nueva Bolivia.

En ese contexto, pese a su crisis y a sus contradicciones, el MAS aparece en este momento favorecido por la falta de acuerdos de sus antiguos y de sus nuevos adversarios, que exponen un alarmante divorcio de la realidad política nacida después de la caída de Morales.

Las numerosas precandidaturas contrarias al masismo no reflejan necesariamente pluralidad política, sino falta de capacidad de los liderazgos y de los proyectos de toma de poder para agregar intereses y construir consensos.

Ciertamente que la última experiencia boliviana de 14 años de empoderamiento de un partido casi único ha sido más negativa que positiva para la consolidación de la democracia. Aunque es improbable que en el futuro el país vuelva a entregar tanto poder a una sola persona o a una sola fuerza partidaria, resulta también preocupante encontrarse con un escenario preelectoral de enorme dispersión.

Ya vivió Bolivia en su historia política una situación parecida en la que los tres partidos principales no pudieron alcanzar ni el 25%  de los votos. El resultado lo conocemos. De ese descalabro el sistema político no se pudo jamás recuperar.

En plena carrera contra el tiempo, los rivales del masismo están obligados a demostrar si realmente tienen o no la voluntad, el desprendimiento y la capacidad para leer las demandas de un 65% o más de la población que se unió en torno a la causa común de la lucha contra el autoritarismo y el abuso de poder.

Hasta ahora las señales son desalentadoras para los contrarios al evismo, que, pese a su caída, se encuentra con un escenario algo favorable a sus pretensiones de ser la primera mayoría política del país. Entramos a dos semanas cruciales para comprobar la grandeza o la pequeñez de los liderazgos experimentados y de los emergentes.

Tuffí Aré Vázquez es periodista.

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